- No sé bien por qué decís lo que decís -le dije y lo miré a los ojos, fijamente. Trataba de entender
- No, yo no entiendo por qué ustedes dicen que soy tan zarpado - retrucó.
- Dale, nene: ¿en serio no te das cuenta?
- Basta, no. Soy un burro, no soy inteligente; me va mal en la escuela - y giró la cara. Seguía caminando a paso rápido y miraba el vacío.
- No miento nunca -le contesté-.
- ¿Y cómo puedo saberlo?
- Haceme una pregunta, cuya respuesta ya sabés que va a ser mentira, porque te lo estoy avisando ahora, y mirá mi cara.
- ¿Tenés novio? - preguntó. Me miró con curiosidad y me puso a prueba.
- Sí.
- Bueno, sigo sin creerte - reaccionó. Me ofusqué un poco.
- Hasta le hablé a mis viejos de vos ¡Te conocen por nombre y todo! - le comenté al pasar, porque me costó admitirlo.
- ¡Pero mirá si le vas a haber hablado vos de mi! - no me creía. Yo tragué saliva muy fuerte. Alrededor, muchos nos miraban. En La Ribera, la gente vivía su sábado. Nosotros nos sincerábamos.
- Sí, lo hice. De hecho, si pudiera, te adoptaría como hermanito. Espero que algún día veas todo lo que veo: sos inteligente, profundo, capaz. Tenés un potencial enorme.
- No, basta. No hablas de mi; es imposible- A. no podía aceptar mi verdad. Le pesaba que alguien creyera tanto en él.
21 de agosto de 2012
El peso
13 de agosto de 2012
Me destruyeron
Me dijeron que estaba demasiado limpia y supongo que, en algún lugar de mi fuero interno, creía que era así. Me calcé las zapatillas, me puse mi mochila al hombro y me fui al barro. Literalmente.
Empiezo a creer que no me gustan las medias tintas en algunas cuestiones y decidí ampliar horizontes, romper esquemas, revolucionar mi cabeza. J. me propuso ayudarlo con una revista que estaban haciendo en Villa Fiorito y le amplié la apuesta: decidí militar el barrio, no sólo colaborar con el proyecto.
Una simple decisión que, para ser tomada, necesitó de 23 años de maduración y experiencias. Creer cosas, pensar cosas, expermientar cosas, estudiar cosas, vivir cosas y decidir ir a Fiorito. Ese es el camino que me llevó a empezar lo que empecé y a revivir. Porque es eso, empezar a vivir de otra manera.
Soy extranjera en todo sentido; la minoría de la minoría, que es mayoría ahí. Pero me reciben tan bien, que pocos parecen creerme.
Uno va allá, con su educación blanca y tradicional, con los prejuicios porteños, con su imagen de lo que una villa cree que debe ser y trata de hacer algo con todo eso que cree que tiene. Pero allá te lo destruyen, te rompen, te quiebran, te mueven la estructura, te knockean el mundo. Y menos mal: mi mundo ya me quedaba apretado.